Dejad que los niños se acerquen a mí. Jesús de Nazaret
Estamos en el llamado “Mes del Niño”, así como
el mes próximo pasado fue el “Mes de la Familia” y el mes próximo podría ser el “Mes de la Madre”, si bien por
costumbre se centra en el “Día de la
Madre”.
Incluso el 30 de abril es considerado el “Día
del Niño”, si bien con fines eminentemente comerciales, como lo son también “El
Día del Padre”, del Compadre, del Abuelo …y hasta del taco dentro de la larga
lista de “Día de…”.
Despojándonos en esta ocasión de la tendencia
mercantilista que tienen esas celebraciones, abordaremos hoy el tema
correspondiente al llamado “Mes del Niño” con algunas reflexiones positivas en
torno a la importancia que tienen esos seres pequeños de nuestra familia, tanto
la particular como la nacional, e incluso la de cualquier país.
¿Quién no fue niño en esta vida? E incluso
hay quienes siguen siéndolo a pesar de ser adultos, ya sea por defecto o por
así sentirlo, al grado tal de que se afirma que “todos --en cualquier época de
nuestra existencia-- llevamos un niño en nuestro interior”.
Desgraciadamente no todos pensamos igual,
pues el egoísmo y la soberbia nos domina, asumiendo una actitud negativa ante
la realidad, pensando que sólo el adulto es quien tiene la razón, o el
dominio, por encima de los demás (niños, mujeres, ancianos o alguien de nuestro
propio género), en especial aquellos seres que consideramos de poca o nula
importancia.
Sin embargo, a pesar de su debilidad física e
intelectual, los niños manejan mejor cualquier situación que el adulto no puede
dominar (por ejemplo el dolor físico una vez superado el mal que lo afectó; la
memoria, la franqueza, la verdad, la simpatía, etc., pero sobre todas las
cosas: el amor).
Desgraciadamente el niño es, en muchos casos,
abusado por el adulto, lo mismo física que psicológicamente, influyéndole
miedos que en algunos casos nunca llegan a superar y que en el primer caso se
transforman en traumas que se llegan a reflejar en su vida adulta en perjuicio
de sus hijos o de otros menores.
Hay casos extraordinarios que sólo
mencionamos por haber leído en fecha reciente, causándonos indignación: una
niña de tres años de edad que aparte de haber sido maltratada por su madre y
padrastro, se descubrió en su velorio que no había muerto como lo pretendían
hacer creer su progenitora y su pareja; una inconsciente madre que tomó la
fatal determinación de inmolarse con sus dos hijos menores, rociándolos de
gasolina y prendiéndose fuego (todos murieron), y otros casos en los que
lo mismo mujeres que hombres han causado daño a los pequeños a su cargo o
responsabilidad, aprovechándose de su indefensión.
No es nuestra intención, insistimos, en hacer
apología del mal de algunas personas que causan a los niños, que
pretenden justificar como correctivos o, en el peor de los casos, calificando a
la criatura como un objeto y por tanto aplicándoles lo que los antiguos
jurisconsultos romanos identificaban como el “jus abutendi” (derecho de abuso a
una cosa de su propiedad).
Desde el punto de vista jurídico, religioso o
reglamentario de cualquier institución, los niños merecen el cuidado, la
manutención, la educación y todo aquello que tienda a su protección y
desarrollo, pero sobre todo al cariño y afectos que merece durante su infancia,
pues son ellos los precursores del futuro de la humanidad.
Es por ello que el Gran Maestro Jesús, cuando
observaba que se pretendía alejar a los niños cuando Él predicaba ante la
multitud, reprendió a sus seguidores a la vez que señalaba: “Dejad que los
niños se acerquen a mí”.
Esa lección la debemos todos aprender y
aplicar no sólo en este “Mes del Niño” o el “Día del Niño”, sino siempre y por
siempre.